Decididamente es muy difícil salir del armario. Llevo cinco días pensando cómo lo voy a hacer y no doy con la tecla. Al final he pensado sencillamente sentarme a escribir.
Los armarios son de muchos tipos; los hay grandes y espaciosos, otros pequeños; los hay organizados y los hay caóticos; los hay empotrados, los hay de tela... En fin, cada uno pone el armario que conviene a su espacio y decoración. Pero, ¿quién no ha necesitado nunca un armario en su vida? Seguramente con la edad uno se da cuenta de que se puede renunciar a muchas cosas y guardar sólo lo importante. Con la edad se aprecia más el valor de las peculiaridades de cada uno y nos sentimos más inclinados a mostrarnos tal como somos. Ya no cuenta tanto lo de "tengo una reputación que mantener". La reputación pasa a un segundo plano, y entonces tenemos más tiempo para vivir y dejar vivir.
Estoy hablando como si esto fuera una verdad universal, y claro que no lo es. Hay personas que, muy al contrario, cuanto más mayores se hacen, más cosas acumulan y más necesitan guardar. Al final de sus vidas tienen una casa llena de armarios repletos de bolsas muy pesadas. Pero no quiero hablar de ellos. Me gustan las personas que salen del armario y son valientes para mostrarse con la cara lavada. Bueno, y ahora podría hacer una pequeña disertación sobre la relación entre un armario lleno y una cara muy maquillada... Pero, no, que me voy por las ramas...
La expresión "salir del armario" se utiliza sobre todo para referirse a los homosexuales que deciden dejar de esconderse. Pero yo la quiero reivindicar para todos los "aparecidos". Aparecer significa manifestarse, hallarse lo que estaba oculto, cobrar existencia. Y eso es lo que pretendo: hacer acto de presencia. Hace años que estudio e investigo todo lo referente a la superdotación. Ante las personas a las que he podido ayudar, o ante quien me ha preguntado, siempre me he presentado como "conocedora y estudiosa del tema por razones familiares". En raras ocasiones he dicho que yo había sido mi primer objeto de estudio. Muy mal hecho por mi parte. Mi consejo siempre ha sido tratar el tema con normalidad, sin esconderse, y hablar de ello a los demás para que sepan como somos, que no queremos presumir de nada, que simplemente queremos poner al servicio de los demás nuestras capacidades. Y que somos personas normales, que hacemos cosas normales, y que no todos los superdotados trabajan en la Nasa. Y resulta que yo soy la primera que esconde el ala. Lo siento, tanto querer pasar desapercibida que casi me borro. No quería parecer pretenciosa y he dado un mal ejemplo. Pero quiero subsanar mi error, porque sé que con mi experiencia podré ayudar a muchas personas que se han sentido como yo. Y son muchas, no les quepa duda. Muchas que ya saben cómo son y muchas que aún se preguntan si serán hijos de extraterrestres.
Volviendo a los aparecidos. Salir del armario nos convierte en unos aparecidos. Sí, antes estábamos ahí, pero confundidos con el paisaje. Yo siempre he querido confundirme con el paisaje y pasar desapercibida. Para ello, lo más fácil, era parecerme lo más posible a los demás. Supongo que eso es algo humano y natural. Todo el mundo necesita formar parte de un grupo donde se sienta aceptado y querido. El problema es que, si bien el proceso de camuflaje era casi perfecto, no me hacía feliz.
Las niñas superdotadas, en general, tienen un gran poder de mimetismo con el entorno y de adaptación al medio. Pasan por ser niñas inteligentes, sin más. Pero en muchos casos nadie sabe la batalla interna que tienen que librar cada día. Ése fue mi caso.
Mis años de infancia y adolescencia desfilaron plácidamente. Yo presentía que era un poco "rarilla", pero tenía la suerte de vivir en una familia adorable, y tenía muy buenos compañeros en clase. Como en mi pueblo no había gran cosa que hacer, pasaba mucho tiempo con mis hermanos "maquinando" inventos, leyendo, inventando actividades o, simplemente, pasándolo bomba jugando a toda clase de juegos. Casi no había niños durante el invierno, así que éramos bastante autónomos en muchas cosas. Creo que ahí fue donde empezó a gestarse mi doble personalidad (sí, sí, la de Juan Palomo).
Con doce años hubo un antes y un después en mi vida: las gafas de televisor. Ya hacía tres años que era miope, pero hasta entonces había llevado unas gafitas muy monas heredadas de mi tía. Pero claro, tanto juego de peonza saltarina, terminaron por romperse. Entonces mi madre me compró unas nuevas, a la moda de entonces. Yo las quería metálicas, como mis amigas, pero ella me dijo que mejor que fueran de pasta, que serían más seguras para mí. Y me dejé aconsejar por el óptico y mi madre. Yo solía confiar en mi madre, que tenía muy buen gusto para todo. Pero aquel día, en lugar de dar un bolsazo al óptico cuando sacó aquellas gafas del expositor, le dijo: "Ah, ésas son perfectas, modernas y juveniles". ¿Juveniles? Después de eso yo tardaría aún seis años más en ser juvenil.
Supe que desde entonces mi evolución nunca volvería a ser normal. Sentí que la sensación de ser rarilla pasaba oficialmente a la escala de apreciación pública. A todo esto se unía mi poco interés por vestir a la moda. Yo estaba más interesada por la ropa cómoda, y no tenía ningún inconveniente en ponerme algo que me gustara "sólo a mí". Además estaba mi pelo. De una preciosa y adorable melena larga en mi infancia pasé a tener una melena larga. Y de la melena larga a una melena larga de rizos imposibles de peinar. Tipo Lola Flores pero sin laca (además, a Lola Flores le quedaba genial). Un día, un profesor me dijo: "Reyes, tienes un pelo aleonado; no me gusta". Y dijo esto frotando entre sus dedos uno de mis rizos salvajes que habían tenido una sesión doble de cepillado por la mañana. Yo tenía que haber pensado: ¿Y a quién le interesa si te gusta o no mi pelo? Incluso debería habérselo dicho. Pero no, me quedé callada intentando asumir que aquello no tenía remedio, y que, o me metía a folklórica, o me dedicaba al trabajo de laboratorio. Como folklórica tenía poco futuro, según decían tenía un oído enfrente del otro (por si alguien no lo entiende esto no es precisamente cantar como los ángeles). Además, en mi casa ya estaba la "artista oficial", mi hermana, que es verdad que tenía todo el arte del mundo. Yo siempre había sido el "payaso malaje" (entiéndase malaje como mal ángel, palabra típicamente andaluza que ha de pronunciarse así para que exprese todo sus matices). No, lo de folklórica no iba conmigo. También he de decir que con el tiempo esto ha cambiado mucho: Muchos años después de quitarme las gafas de televisor descubrí que lo de cantar no se me da nada mal (aunque ya es tarde para hacerme folklórica...).
Me quedaba la opción laboratorio. A ella me consagré. Esta opción no contemplaba solamente trabajar para una empresa farmacéutica e investigar sobre nuevos medicamentos que alisaran el pelo. Ofrecía muchas otras posibilidades, en realidad todas las que suponían trabajar con personas como yo. Sólo me quedaba saber quién era como yo. En esas edades eso es muy difícil de saber a escala objetiva. Sí, inconscientemente se adivina, pero lo que uno quiere de verdad es tener muchos amigos y ser muy popular. Y yo ya tenía todo eso. Tenía muchos amigos en todo el colegio. Me gustaban mucho. Me sentía muy querida. Y, a pesar de haberme resignado con mi "perfil laboratorio", aún me quedaba la esperanza oculta de poderme convertir en una joven y frívola promesa del cine. Evidentemente eso no sucedió nunca. Aunque tampoco acerté con el laboratorio. Todavía tenía que aprender que hay vida después de las gafas de televisor.
Aquellos años de adolescencia pasaron entre amigos y familia. No tenía una imagen definida. Unos días era moderna, otros pija, otros punky, deportiva, antigualla, formalita, explosiva... Todas las formas iban conmigo, porque, yo entonces no lo sabía, en realidad había nacido camaleón. Yo era siempre la misma, y mi comportamiento también (era bastante responsable y modosa); pero mi aspecto externo cambiaba según mi ánimo del día o según el último libro que había leído o la última película que había visto. Y, sobre todo, según me sentía con mis amigos. He de explicar que mis amigos eran un grupo muy amplio, en realidad toda mi clase y parte de las demás. Yo no tenía grupos fijos, puesto que sólo me relacionaba con ellos en el colegio o en el instituto. Mi vida social se limitaba al colegio y a los amigos de verano (éstos eran otro cantar, ya hablaré de ellos).
Así, entre sobresalientes y matrículas de honor, sueños de diva, cariños de mamá, juegos sin edad, canciones y libros, llegué a la edad adulta, los dieciocho años... Y mi estrellato. No, no, no conseguí un éxito espectacular en nada, sencillamente... me estrellé.
Eso lo contaré el próximo día. De momento sólo voy a añadir que con catorce años me pusieron lentillas. La gafas de televisor quedaron sólo para eso, para ver la tele y poco más. Fue toda una conquista. Aunque el pelo siguió igual de encrespado.
Próximo capítulo: "Aprendiz de todo y maestro de nada".