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martes, 30 de abril de 2013

Salir del armario

Decididamente es muy difícil salir del armario. Llevo cinco días pensando cómo lo voy a hacer y no doy con la tecla. Al final he pensado sencillamente sentarme a escribir.

Los armarios son de muchos tipos; los hay grandes y espaciosos, otros pequeños; los hay organizados y los hay caóticos; los hay empotrados, los hay de tela... En fin, cada uno pone el armario que conviene a su espacio y decoración. Pero, ¿quién no ha necesitado nunca un armario en su vida? Seguramente con la edad uno se da cuenta de que se puede renunciar a muchas cosas y guardar sólo lo importante. Con la edad se aprecia más el valor de las peculiaridades de cada uno y nos sentimos más inclinados a mostrarnos tal como somos. Ya no cuenta tanto lo de "tengo una reputación que mantener". La reputación pasa a un segundo plano, y entonces tenemos más tiempo para vivir y dejar vivir. 

Estoy hablando como si esto fuera una verdad universal, y claro que no lo es. Hay personas que, muy al contrario, cuanto más mayores se hacen, más cosas acumulan y más necesitan guardar. Al final de sus vidas tienen una casa llena de armarios repletos de bolsas muy pesadas. Pero no quiero hablar de ellos. Me gustan las personas que salen del armario y son valientes para mostrarse con la cara lavada. Bueno, y ahora podría hacer una pequeña disertación sobre la relación entre un armario lleno y una cara muy maquillada... Pero, no, que me voy por las ramas...

La expresión "salir del armario" se utiliza sobre todo para referirse a los homosexuales que deciden dejar de esconderse. Pero yo la quiero reivindicar para todos los "aparecidos". Aparecer significa manifestarse, hallarse lo que estaba oculto, cobrar existencia. Y eso es lo que pretendo: hacer acto de presencia. Hace años que estudio e investigo todo lo referente a la superdotación. Ante las personas a las que he podido ayudar, o ante quien me ha preguntado, siempre me he presentado como "conocedora y estudiosa del tema por razones familiares". En raras ocasiones he dicho que yo había sido mi primer objeto de estudio. Muy mal hecho por mi parte. Mi consejo siempre ha sido tratar el tema con normalidad, sin esconderse, y hablar de ello a los demás para que sepan como somos, que no queremos presumir de nada, que simplemente queremos poner al servicio de los demás nuestras capacidades. Y que somos personas normales, que hacemos cosas normales, y que no todos los superdotados trabajan en la Nasa. Y resulta que yo soy la primera que esconde el ala. Lo siento, tanto querer pasar desapercibida que casi me borro. No quería parecer pretenciosa y he dado un mal ejemplo. Pero quiero subsanar mi error, porque sé que con mi experiencia podré ayudar a muchas personas que se han sentido como yo. Y son muchas, no les quepa duda. Muchas que ya saben cómo son y muchas que aún se preguntan si serán hijos de extraterrestres.

Volviendo a los aparecidos. Salir del armario nos convierte en unos aparecidos. Sí, antes estábamos ahí, pero confundidos con el paisaje. Yo siempre he querido confundirme con el paisaje y pasar desapercibida. Para ello, lo más fácil, era parecerme lo más posible a los demás. Supongo que eso es algo humano y natural. Todo el mundo necesita formar parte de un grupo donde se sienta aceptado y querido. El problema es que, si bien el proceso de camuflaje era casi perfecto, no me hacía feliz. 

Las niñas superdotadas, en general, tienen un gran poder de mimetismo con el entorno y de adaptación al medio. Pasan por ser niñas inteligentes, sin más. Pero en muchos casos nadie sabe la batalla interna que tienen que librar cada día. Ése fue mi caso. 

Mis años de infancia y adolescencia desfilaron plácidamente. Yo presentía que era un poco "rarilla", pero tenía la suerte de vivir en una familia adorable, y tenía muy buenos compañeros en clase. Como en mi pueblo no había gran cosa que hacer, pasaba mucho tiempo con mis hermanos "maquinando" inventos, leyendo, inventando actividades o, simplemente, pasándolo bomba jugando a toda clase de juegos. Casi no había niños durante el invierno, así que éramos bastante autónomos en muchas cosas. Creo que ahí fue donde empezó a gestarse mi doble personalidad (sí, sí, la de Juan Palomo).

Con doce años hubo un antes y un después en mi vida: las gafas de televisor. Ya hacía tres años que era miope, pero hasta entonces había llevado unas gafitas muy monas heredadas de mi tía. Pero claro, tanto juego de peonza saltarina, terminaron por romperse. Entonces mi madre me compró unas nuevas, a la moda de entonces. Yo las quería metálicas, como mis amigas, pero ella me dijo que mejor que fueran de pasta, que serían más seguras para mí. Y me dejé aconsejar por el óptico y mi madre. Yo solía confiar en mi madre, que tenía muy buen gusto para todo. Pero aquel día, en lugar de dar un bolsazo al óptico cuando sacó aquellas gafas del expositor, le dijo: "Ah, ésas son perfectas, modernas y juveniles". ¿Juveniles? Después de eso yo tardaría aún seis años más en ser juvenil.

Supe que desde entonces mi evolución nunca volvería a ser normal. Sentí que la sensación de ser rarilla pasaba oficialmente a la escala de apreciación pública. A todo esto se unía mi poco interés por vestir a la moda. Yo estaba más interesada por la ropa cómoda, y no tenía ningún inconveniente en ponerme algo que me gustara "sólo a mí". Además estaba mi pelo. De una preciosa y adorable melena larga en mi infancia pasé a tener una melena larga. Y de la melena larga a una melena larga de rizos imposibles de peinar. Tipo Lola Flores pero sin laca (además, a Lola Flores le quedaba genial). Un día, un profesor me dijo: "Reyes, tienes un pelo aleonado; no me gusta". Y dijo esto frotando entre sus dedos uno de mis rizos salvajes que habían tenido una sesión doble de cepillado por la mañana. Yo tenía que haber pensado: ¿Y a quién le interesa si te gusta o no mi pelo? Incluso debería habérselo dicho. Pero no, me quedé callada intentando asumir que aquello no tenía remedio, y que, o me metía a folklórica, o me dedicaba al trabajo de laboratorio. Como folklórica tenía poco futuro, según decían tenía un oído enfrente del otro (por si alguien no lo entiende esto no es precisamente cantar como los ángeles). Además, en mi casa ya estaba la "artista oficial", mi hermana, que es verdad que tenía todo el arte del mundo. Yo siempre había sido el "payaso malaje" (entiéndase malaje como mal ángel, palabra típicamente andaluza que ha de pronunciarse así para que exprese todo sus matices). No, lo de folklórica no iba conmigo. También he de decir que con el tiempo esto ha cambiado mucho: Muchos años después de quitarme las gafas de televisor descubrí que lo de cantar no se me da nada mal (aunque ya es tarde para hacerme folklórica...).

Me quedaba la opción laboratorio. A ella me consagré. Esta opción no contemplaba solamente trabajar para una empresa farmacéutica e investigar sobre nuevos medicamentos que alisaran el pelo. Ofrecía muchas otras posibilidades, en realidad todas las que suponían trabajar con personas como yo. Sólo me quedaba saber quién era como yo. En esas edades eso es muy difícil de saber a escala objetiva. Sí, inconscientemente se adivina, pero lo que uno quiere de verdad es tener muchos amigos y ser muy popular. Y yo ya tenía todo eso. Tenía muchos amigos en todo el colegio. Me gustaban mucho. Me sentía muy querida. Y, a pesar de haberme resignado con mi "perfil laboratorio", aún me quedaba la esperanza oculta de poderme convertir en una joven y frívola promesa del cine. Evidentemente eso no sucedió nunca. Aunque tampoco acerté con el laboratorio. Todavía tenía que aprender que hay vida después de las gafas de televisor.

Aquellos años de adolescencia pasaron entre amigos y familia. No tenía una imagen definida. Unos días era moderna, otros pija, otros punky, deportiva, antigualla, formalita, explosiva... Todas las formas iban conmigo, porque, yo entonces no lo sabía, en realidad había nacido camaleón. Yo era siempre la misma, y mi comportamiento también (era bastante responsable y modosa); pero mi aspecto externo cambiaba según mi ánimo del día o según el último libro que había leído o la última película que había visto. Y, sobre todo, según me sentía con mis amigos. He de explicar que mis amigos eran un grupo muy amplio, en realidad toda mi clase y parte de las demás. Yo no tenía grupos fijos, puesto que sólo me relacionaba con ellos en el colegio o en el instituto. Mi vida social se limitaba al colegio y a los amigos de verano (éstos eran otro cantar, ya hablaré de ellos). 

Así, entre sobresalientes y matrículas de honor, sueños de diva, cariños de mamá, juegos sin edad, canciones y libros, llegué a la edad adulta, los dieciocho años... Y mi estrellato. No, no, no conseguí un éxito espectacular en nada, sencillamente... me estrellé.

Eso lo contaré el próximo día. De momento sólo voy a añadir que con catorce años me pusieron lentillas. La gafas de televisor quedaron sólo para eso, para ver la tele y poco más. Fue toda una conquista. Aunque el pelo siguió igual de encrespado.


Próximo capítulo: "Aprendiz de todo y maestro de nada".

viernes, 26 de abril de 2013

Homeschooling y Juan Palomo


Me llamo Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como. ¿Quién no ha oído nunca esta frase? ¿Y quién no la ha puesto en práctica alguna vez? 

El caso es que uno siempre busca lo mejor para los hijos. Queremos darles la mejor educación, transmitirles nuestros valores, proporcionarles las herramientas necesarias para enfrentarse al mundo hostil y también enseñarles a disfrutar de las pequeñas y grandes cosas que nos ofrece la vida. Queremos que valoren lo que tienen y lo que no tienen, que sientan cariño por la tierra que les rodea, que sepan cuidar de si mismos y que se acuerden de nosotros cuando seamos mayores.

Y si, además, ganan dinero, nos llenaremos de orgullo pensando que lo hemos hecho francamente bien.

Y puede que así sea; lo más seguro es que nuestra labor haya sido decisiva en sus porvenires.

Pero, ¿y si las cosas no salen como las hemos planeado? ¿Nos sentiremos responsables del error o miraremos alrededor buscando al culpable?

En mi humilde opinión, creo que la auténtica forja de los hijos se hace en el seno familiar. Creo que el ambiente externo (los amigos, el colegio, etc) es importante porque puede remodelar esa forja. Pero si el hierro está bien templado y moldeado, nuestros hijos serán capaces de pasar por muchos hornos diferentes sin que ninguno afecte a su forja original.

Pero la mayoría de los padres no sabemos usar ni un martillo... La escuela debería ayudarnos a conseguir este difícil cometido. Para ello se supone que se preparan durante varios años todos esos profesores y maestros que van a instruir a nuestros niños. Aprenden sobre didáctica, psicología infantil, procesos de aprendizaje... Muchos incluso se enfrentan a oposiciones que validan sus conocimientos. Hay muchas y buenas escuelas en nuestro país, públicas y privadas. Imagino, porque no quiero afirmarlo, que hay otras tantas que dejan mucho que desear. Hay muchos padres satisfechos con los centros donde acuden sus hijos, y otros que no lo están. 

Por diversas circunstancias he conocido muchos centros educativos diferentes, en primera persona y a través de mis hijas. En mi caso no los había elegido yo, por lo que no hablaré sobre ello (de momento). En el caso de mis hijas siempre nos ha guiado la búsqueda de personas comprometidas con la educación de sus hijos. No podemos quejarnos, hemos encontrado siempre muy buena gente entre padres y profesores, gente con una auténtica vocación hacia los niños.

Pero, a pesar de todas las buenas intenciones, y de la labor innegablemente importante que desarrolla la escuela, ésta no siempre es la mejor opción para determinados niños. 

Llevo años acumulando cursos, másters, seminarios, etc, sobre Educación, Psicología, Sociología, etc (no me malinterpreten, no quiero ser pretenciosa, ha sido por necesidad vital). He aprendido mucho de todos ellos, pero sobre todo me he dado cuenta de que teoría y práctica no van de la  mano. En mi familia hay unas necesidades muy específicas que no se están atendiendo correctamente en la escuela, a pesar de los buenos deseos. Hay tanta rigidez en los estamentos educativos de cualquier nivel, que intentar cambiar algo a corto plazo es totalmente utópico. Y los niños no tienen tiempo que perder...

Por esta razón, y como ya he hecho muchas veces en la vida, voy a ser una vez más Juan Palomo. Hace tiempo que la idea del homeschooling me rondaba la cabeza, pero siempre me asaltaba la duda de si estaría a la altura. Esa duda no va a volver a molestarme porque no voy a escucharla nunca más. Llevo treinta años dando clases particulares, he dado clases en secundaria y en la universidad. Me encanta mi pseudoprofesión. No pienso en otra cosa. Tengo en casa un cajón lleno de diplomas universitarios hechos para matar el tiempo (cuando lo tenía). Tengo un montón de experiencias e historias de abuelas que quiero compartir con mis hijas. Y, lo más importante, tengo todo el tiempo del mundo para compartir con ellas. ¿Qué más quiero? ¿A qué estoy esperando?

En el terreno profesional mi país me dio una gran patada en el trasero hace algún tiempo. Aún me duele, pero gracias a eso se abre ante mí una nueva página en blanco. Y ésta la escribiremos mi familia y yo. Con rotus de muchos colores.

Firmado: Juan Palomo


Próximo capítulo: "Salir del armario"

jueves, 25 de abril de 2013

La conferencia de profesor Javier Tourón, 24-04-13

De regreso de la conferencia, tengo que decir que estoy contenta de haber encontrado la sala llena. Se ve que la alta capacidad interesa a mucha gente... El problema es que los que toman las decisiones importantes a escala política son los más desinformados. O quizás no tanto. Esas personas también contribuyen a las estadísticas, y es de esperar que entre ellos o entre sus vástagos haya más de un candidato a recibir el premio gordo. Me gustaría saber cómo se enfrentan ellos al sistema. ¿O no se enfrentan?

Hablando de sistema, una madre preocupada ha preguntado esta tarde a Javier Tourón: "Queremos y sabemos, pero ¿podemos?". La pregunta iba en relación a la escasez de medios y tiempo que tienen los maestros y profesores para atender a los niños superdotados. El profesor Tourón, de forma sencilla y gráfica, nos ha demostrado a todos que no se trata de un problema de medios, sino de actitud. La actitud del sistema educativo está en el origen del conflicto, y no olvidemos que el sistema está gestionado por personas. Así, ha propuesto a esta madre preocupada dos soluciones a su problema: adaptarse al sistema o enfrentarse a él. Yo propongo una tercera: salir del sistema. Ése será mi siguiente paso, salir del sistema.

Próxima estación: el "homeschooling".

Al principio...

Un día un psicólogo me colgó una etiqueta: superdotada. Me entró una risilla burlona, entre incrédula y aliviada, no carente de cierta vanidad...

Ese día empezó a gestarse este blog, aunque entonces internet era todavía un sueño de visionarios. Hoy puedo compartir con todos los que han llegado hasta aquí esa experiencia magnífica que ha sido conocerme a mí misma. Y la consecuencia que para mí ha tenido esta circunstancia: concentrarme en la divulgación de conocimientos e información sobre la alta capacidad.

En algunos momentos contaré anécdotas de mi propia experiencia. O bien me limitaré a informar o comentar algún evento interesante. En cualquier caso, os prometo que pondré todo mi empeño en haceros disfrutar de este blog como lo que es: mi granito de arena a la montaña que otros muchos ya han logrado levantar.

Que disfrutéis.